Esta semana hemos platicado de lo que pareciera el errático comportamiento de la administración Trump en materia de comercio internacional. Si no tuviste oportunidad de leer los primeros artículos, aquí te los compartimos: primera y segunda parte.
El miércoles les contaba cómo Estados Unidos logró salir del abismo en el que se metieron durante los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial al conseguir que el dólar fuera la única moneda con la que se podía comprar petróleo.
Algunos intrigosos mal intencionados incluso sostienen que las operaciones militares para derrocar a Saddam Hussein en Irak y Mahomar Gaddafi en Libia no tuvieron otro propósito que deshacerse de esos imprudentes que se atrevieron a sugerir que podían vender su petróleo a cambio de otra cosa que no fuera dólares.
Sea como sea, el arreglo le funciono de maravilla al gobierno y a los consumidores estadounidenses. Y aún faltaba lo mejor.
En 2001, China fue admitida a la Organización Mundial del Comercio y el mundo se inundó de productos hechos en ese país a precios bajísimos.
El viejo esquema de reciclaje de dólares funcionó a la perfección. China producía todo tipo de cosas, Estados Unidos las pagaba con dólares creados de la nada por sus bancos y los chinos hacían dos cosas con esos dólares: reinvertirlos en el mercado de bonos y pagar materias primas, cuyos productores tomaban sus ganancias y también las usaban para comprar bonos.